¿Somos buenos padres para nuestros hijos?

 

11 criterios pedagógicos para potenciar una crianza sana y positiva 

 

Ser padres es una aventura apasionante, muchas veces divertida, otras veces agotadora pero siempre emocionante. Es uno de los proyectos más importante en la vida. El reto es grandioso: coger de la mano a un ser humano que comienza su vida y acompañarlo a lo largo de su crecimiento. Lo más importante en ese proceso será enseñarle todo lo que precisa para disponer de una vida llena de plenitud y felicidad. 

No podemos tomar decisiones por ellos, ni siquiera intentar determinar su futuro, pero hay algo que si está en nuestras manos: acompañar e influir positivamente mientras crecen y maduran. Pequeños gestos logran grandes resultados en la calidad de la convivencia familiar y en la forma de relacionarnos con ellos a través del respeto, la ternura y la disciplina.

 

 

El mejor obsequio que podemos facilitar a nuestros hijos es una infancia repleta de momentos especiales, dichosos y felices, proporcionando muchos momentos singulares y bonitos que puedan rememorar y a los que recurrir cuando se hagan adultos. Que cuando sean mayores puedan recordar con una gran sonrisa situaciones experimentadas durante su niñez tanto en la familia, en la escuela y con sus amigos. ¿Quién no recuerda una travesura, un verano, una fiesta de cumpleaños, una caída, festejos familiares…?

 

Se aprende a educar, educando. Ser padres es una tarea que no nos enseña nadie, que se aprende día a día, a través del ensayo – error. En muchas ocasiones asaltan dudas, incertidumbre y temores. Nunca seremos ni madres ni padres perfectos. La perfección no existe e intentar alcanzarla puede resultar peligroso tanto para los padres como para los hijos. La idea es precisamente la contraria, aprendemos y mejoramos cuando intentamos algo y nos equivocamos, es decir, cuando entendemos el error como fuente de aprendizaje.

 

 

La familia aporta seguridad y bienestar físico, psicológico y social, no es únicamente un grupo de personas que comparten espacios comunes, vínculos de parentesco y que cooperan entre sí para conseguir objetivos comunes sino que es la estructura social más importante y vital del ser humano, la que moldea, afianza y construye la personalidad y la autoestima del futuro adulto.

 

 

Ser flexibles entendiendo que en ocasiones nos encontramos con niños con carácter y temperamento fuerte, lo que no significa que los papas lo estén haciendo mal, simplemente tendremos que aprender a entenderlos y ser pacientes. Existe un abanico muy amplio de caracteres: hijos que son tranquilos, activos, movidos, que expresan sus emociones y sentimientos de forma brusca, que les cuesta adaptarse a rutinas y normas de convivencia, que necesitan su tiempo para calmarse… El carácter y los rasgos de personalidad no son constantes en el desarrollo del niño sino que se moldean tanto con el ambiente como durante el desarrollo madurativo, por lo que si nos encontramos con un niño con carácter tranquilo de pequeño no significa que lo será para siempre, y viceversa… ya que pueden cambiar. 

 

 

Lo importante es que como padres seamos capaces de adaptarnos a lo que necesita el niño y respondamos y manejemos las distintas demandas que nos planteen. Lo que marca la diferencia es la adaptación del adulto a las necesidades del niño y no al revés.

 

Construir una relación mutuamente respetuosa, lo que implica que todo lo que hagamos y digamos será siempre desde el respeto. En función de la edad del niño nuestra posición será diferente; con niños más pequeños tendremos que ser más directivos y firmes. A medida que éste crezca tendremos que utilizar más estrategias encaminadas a la negociación y al pacto.

 

 

Educa con el ejemplo; se imita el modo de pensar, sentir y actuar. Sé modelo de autocontrol, ilusión y autoestima. Abandona los sermones y los argumentos. El niño se fijará en tus hechos mucho más que en tus palabras. Es lo que denominamos aprendizaje por imitación. Ser ejemplo de honestidad, valentía, cuidado de la salud y del hogar, pedir disculpas si se ha cometido un error, dar las gracias, ser bondadoso y amable, alegre y cordial, autodisciplinado, saludar y despedirse con educación, saber afrontar el fracaso con serenidad… Siempre estamos educando e influyendo en nuestros hijos, incluso cuando no actuamos. Potenciar su interés por la vida y su entorno, intentando que se relacione con éste desde el respeto tanto hacia uno mismo como hacia los demás.

 

Dediquemos todos los días un rato exclusivo a disfrutar con nuestros hijos, muchos momentos de diversión, ternura, risas y abrazos

 

 

Compartir tiempos y espacios de calidad. Es más importante la calidad que el tiempo disponible: prestándoles atención cuando nos hablan, jugando con ellos, viendo películas, haciendo de las comidas espacios para compartir juntos sin distractores como la televisión, repasando como les ha ido durante el día, interesándonos por lo que han hecho y lo que les ha ocurrido.

 

Afecto y ternura permanente. Es el origen de una autoestima y personalidad sana y positiva. Eludir reprender y corregir delante de otras personas. No gritar, decir las cosas con el máximo respeto y ternura. Si vamos a perder la calma, es mejor irnos y retomar más tarde, cuando estemos tranquilos y hayamos pensado como vamos a reconducir la situación. Decirle muchas veces lo importante que es para vosotros y acompañarlo de numerosas muestras de cariño: besos al comenzar y terminar el día, abrazos y caricias, miradas cómplices, guiños y sonrisas…

 

Educar significa cuidar, entender, respetar, acompañar, amar... Con flexibilidad, tiempo, ternura y disciplina!

 

Disciplina, esfuerzo y exigencia. Cuando hablamos de disciplina y exigencia no lo hacemos desde la supremacía o autoridad rígida, sino más bien como una influencia positiva sobre el niño. Disciplina, normas y límites son fundamentales, enseñando el sentido de las reglas así como las consecuencias de su conducta. ¿Os imagináis conducir por carretera sin normas y límites? Sería un completo caos si cada conductor haría lo que le da la gana. Se trata de algo similar, nuestros hijos necesitan mensajes, límites y normas claras y proporcionadas a su edad. No podemos dar todo lo que nos pidan, las cosas se consiguen ganándolas, siendo conscientes de que cuestan esfuerzo y sacrificio. La disciplina y la exigencia siempre debe ir acompañada de amor y ternura, no podemos exigir a gritos, sin educación y perdiendo el control. También necesitan espacios y tiempos organizados: un tiempo para jugar, otro para estudiar, otro para ver para ver la televisión, para estar con la familia… siendo indispensable disponer de un espacio luminoso y tranquilo donde puedan realizar los deberes sin interrupciones y sin ruido.

 

Aceptar de forma incondicional a los hijos, con cada una de sus virtudes y defectos. La familia es una agrupación de personas donde las relaciones entre sus miembros están marcadas con un intenso carácter afectivo y emocional, que es precisamente lo que lo diferencia de cualquier otra entidad social. Todos sus miembros son vitales, cada uno distinto y diferente, con variadas y diversas virtudes, pero todos valiosos, importantes y necesarios. Aprendamos a reconocer y hacer explícito las potencialidades de cada uno de ellos y a tolerar aquellos aspectos que menos nos gusten quitando y restando importancia. No comparar con otros niños o personas. Cada uno es único y con un desarrollo evolutivo diferente.

 

Que no exista disparidad y falta de coordinación ante criterios educativos con los hijos, no cambiando de criterio ni de opinión de un día para otro. Si el criterio en la toma de decisiones no es el mismo entre el padre y la madre, provoca que el niño reciba mensajes contradictorios ya que sus padres se desautorizan entre ellos y no sabe a quién hacer caso, sintiéndose confuso y

perdido. Cumplir siempre las promesas, buenas y malas. Mantener reuniones periódicas con la escuela y el tutor. Compartir entre la madre y el padre la satisfacción y el placer de educar y compartir los aprendizajes de vuestro hijo. Hablar entre vosotros para llegar a consensos antes de establecer criterios y normas con vuestros hijos.

 

Ensalzar sus virtudes, muchos elogios y refuerzos positivos. Valorar siempre los intentos y los esfuerzos que hacen nuestros hijos independientemente de los resultados. Poner el acento en lo que hacen bien e intentar pasar por alto lo que hacen mal. Elogiar conductas muy concretas: decirle que se ha portado bien es muy general y el niño no lo identifica correctamente. En su lugar le podemos reforzar diciéndole “muy bien por dar las gracias cuando te han ofrecido un caramelo”.

 

 

¿Te surgen dudas e inseguridades sobre si estarás educando de forma positiva y sana a tu hijo? ¿Tenía que haberle castigado? ¿Seré demasiado duro con mi hijo? ¿O demasiado blando? ¿Cómo consigo que me obedezca sin gritar y enfadarme?

 

El cambio es posible, da el primer paso y ponte en contacto conmigo! ¡Sí quieres, puedes!

 

¡Colecciona sonrisas!

 

 

Fco Javier Zamora


 

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