LA ASERTIVIDAD DE MARÍA (2)                                           No apagues tu luz María....

 

Durante unos minutos interminables estuvo María intentando decidir si debía llegar a las nueve y media, hora de regreso estipulada por sus padres, o bien infringir esa norma, exponiéndose quedarse sin salir con sus amigos durante una semana, pero tal vez ahorrándose un castigo mayor…
Descubrió que tomar una decisión con la cabeza ida y el estómago revuelto se estaba convirtiendo en una tarea sumamente difícil…uff… qué hacer…
Sus amigos seguían riendo y divirtiéndose a su costa. -Ay “ratita asustada”, ¿qué te harán tus papás si te ven colocada? Jijiji, jajajjaja. María los quería enviar a algún sitio nada agradable, por ejemplo a la mierda, sí, ese sería un buen sitio para su panda ese día…Aunque de nuevo surgió aquella vocecilla dentro de ella que le decía, ¿quién eres tú para decir esas cosas a tus amigos? ¿y si esto significa la expulsión del grupo? ¿cómo podré sobrevivir en el instituto si ellos no me dejan estar a su lado?...pero ella no era nadie para enfrentarse de ese modo a Marc, ni a Silvia, ni a Pedro, ni, ni.
Así que, una vez más, María se tragó las ganas y su congoja y siguió aguantando la lluvia de tonterías que sus amigos estaban diciendo sobre ella y todo ello con una sonrisa en la cara, al menos eso le parecía a ella…

 

No podía ya con tanta presión, por lo que, a pesar de lo que le dictaba su sentido común, decidió llegar a su casa a las nueve y media y que pasase lo que tenía que pasar…Mejor era que la castigaran dos meses sin salir que aguantar a los cantamañanas de sus amigos riéndose de ella.

Eso decidió y eso hizo, se despidió de sus amigos incapaz de pedirle a ninguno de ellos que la acompañaran a casa, ella estaba mareada y no se encontraba bien. Tampoco ninguno se ofreció a acompañarla, demostrando una vez más, una considerable insensibilidad y despreocupación por el bienestar de María.
Se arrimó a la pared para que ésta la ayudase a mantenerse recta y tiró hacia delante, mientras un nudo de tristeza se formaba en su garganta. ¡Qué poquita cosa era que ni siquiera era digna de la preocupación de sus “amigos”! Pero al menos la dejaban ir con ellos…
Y al fin llegó a su casa, eran las nueve y veinticinco ¡menos mal!, llegaba a tiempo, al menos el riesgo que estaba corriendo de que sus padres la vieran en ese estado servía para algo…
María entró deprisa, saludó desde la puerta del salón a sus padres diciéndoles que venía muy cansada, dijo que no quería cenar, que prefería acostarse pronto y descansar para estar bien mañana.
Y sus padres, ¿se creyeron esta excusa de María?, pues no, claro que no, ellos también habían sido adolescentes y no eran ningunos “carcas”, además conocían a su hija muy bien. Ella no era así, su comportamiento llevaba algún tiempo siendo muy extraño, estaban preocupados y necesitaban saber a qué atenerse para poder ayudarla. Ellos pensaban que esta situación ya trascendía a la propia etapa por la que atravesaba, la adolescencia.
La niña estaba triste siendo de natural alegre, se la veía muy retraída y casi siempre rehuía la mirada de sus padres. No hablaba casi nunca de sus amigos, ya no les enseñaba aquellos dibujos y textos tan creativos que ella solía hacer. La ropa que ahora usaba era cada vez más ancha, deforme e insulsa, como tratando de utilizarla para esconderse detrás de ella. Su rostro y sus ojos ya no transmitían aquella chispa tan característica de su hija.
Por otra parte, y aunque probablemente María no lo sabía, al entrar a su casa el salón quedó inundado por un fuerte olor a marihuana que sus padres identificaron inmediatamente. Ella tenía 14 años y sus padres no podían quedarse de brazos cruzados contemplando como su hija coqueteaba con las drogas a esa edad tan temprana. Este detalle fue la última gota, el motor que les impulsó a entrar en acción. Aunque Antonio y Maribel quedaron muy preocupados por ese detalle decidieron no tomar represalias contra María, primero había que averiguar el problema de fondo, después ya veríamos…
Solos de nuevo, los padres de María conversaron esa noche largo y tendido. Decidieron llamar al día siguiente a una psicóloga de su confianza que en otras ocasiones les había ayudado a superar otras dificultades de sus vidas.
Tras tomar esa decisión, Antonio y Maribel se tranquilizaron un tanto, Marta les ayudaría, y seguro que podían hacer algo para que su hija María volviera a ser la niña alegre y creativa de antaño. Su máxima aspiración como padres era ver a su hija feliz.
Mientras tanto María, tendida en su cama de cualquier manera, lloraba profusamente de un modo silencioso y blando, como sacando fuera de sí toda esa pena que sentía por ella misma en esos momentos. Se sentía fatal, pero fatal del alma no del cuerpo. Sus amigos la habían dejado marchar sin ni siquiera preocuparse un poquito por ella, ¿sería eso normal o tal vez es que ella era una pusilánime que se preocupaba por cualquier cosa?

 

Añoraba a sus padres, ellos la habrían abrazado y comprendido, la habrían consolado y después la habrían animado a sentirse mejor y a luchar por todas las cosas maravillosas en las que ella creía. ¿Y qué le impedía acudir a ellos si sólo los separaba una pared?....¡Mierda de día! Ya no era una cría, tendría que aprender a salir de esto ella sola…


 

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